12/17/2004

Tierra de Nadie #2: De Moneros y Cortometrajistas

Segunda entrega de la inédita columna que comencé a escribir para la extinta revista Cuaz, de Martín Arceo. Pueden leer la primera entrega aquí.

TIERRA DE NADIE: Una crónica del cómic mexicano contemporáneo
Por Carlos García Campillo

# 2: De moneros y cortometrajistas.

Comencé a escribir esta segunda columna hace más de un mes. Tengo que confesarlo, a riesgo de que mi editor quiera matarme. Primero el retraso fue porque me costaba trabajo escoger un tema, enfocarme. Después me retrasé porque NO encontraba ningún tema que tratar; los cómics a veces me desaniman y me provocan estos extraños episodios esquizofrénicos. Parece que sólo hay una solución para esta crisis: hacer cómics. ¡Pero si hasta parece sencillo! Es totalmente futil el tratar de encontrarle una salida a la problemática del cómic mexicano cuando el principal problema es precisamente que casi no se publica cómic mexicano.

Pero bueno, ya estoy divagando. Esta columna no nació precisamente con la finalidad de "salvar" nada, sino más bien con la de hacer una crónica de lo que ha pasado con la historieta en México de unos diez años para acá, más o menos. Así que retomemos el rumbo, y para hacerlo vamos con la tercera razón por la que me he retrasado en entregar este texto: he estado trabajando.

Cuando comencé a escribir esta columna estaba de viaje de trabajo, visitando el festival de cine Expresión en Corto, en Guanajuato. Ojalá todos los viajes de negocios fueran así: viendo cine todo el día, encontrando amigos, platicando con "estrellas". Divago de nuevo. El caso es que en ese festival me encontré con la buena gente del Grupo Escomic!, quienes colaboraron con algunas animaciones para el evento y que además tenían un stand en el lobby del auditorio para mostrar su trabajo y vender su DVD. Además de ser un exitoso estudio de animación (tarea nada fácil en México), los chavos de Escomic! también llevan años trabajando como historietistas, realizando desde material de encargo para el gobierno del estado de Guanajuato hasta material de autor. Nos conocemos desde hace años, ya que siempre coincidíamos en las convenciones de la Ciudad de México, especialmente en la extinta CONQUE.

Cuando me los encontré en el festival de cortos tuve un flashback inmediato a esas convenciones de cómics: llegaron con una mesa plegadiza, una manta, mucha masking tape y las cajas con sus productos y se pusieron a montar su stand con más prisa que eficiencia. Ese era el ritual de todos los moneros independientes durante las mañanas antes del comienzo de una convención. Y a pesar del "glamour del cine" (Bullshit!), la cosa no cambió nada en este evento.

De hecho, hay muchas cosas que pueden recordarte a una convención de cómics en un evento como Expresión en Corto: hay muchísimos creadores exponiendo su trabajo; en casi todos los casos esos creadores trabajaron incansablemente durante meses para terminar y exhibir ese trabajo; dichos creadores rara vez perciben un sueldo por realizar ese trabajo, al contrario, en la mayoría de los casos ponen dinero de su bolsa para completarlo; y por último, una gran parte de los asistentes se quejan siempre que pueden de la "falta de apoyos" para realizar sus obras.

Ya ven, ¡si es lo mismo que una convención de cómics! Cambien el celuloide por papel y tinta y estas hablando de lo mismo. No debe de extrañarnos, entonces, que muchos moneros coqueteen de vez en cuando con el cine (especialmente el cortometrajismo), ni que muchos cortometrajistas tengan un pasado como, al menos, lectores de cómics. Somos criaturas de la misma calaña, con las mismas tendencias masoquistas.

Y sin embargo, el cortometraje se rodea en eventos como este de un (pseudo)glamour y una atención mediática que rara vez se acercan al cómic. Al contrario, las convenciones de cómics son cada vez más una tortura a la que nadie en su sano juicio se le ocurriría ir, mucho menos personas neófitas en el tema que quieran encontrar un espacio de creación, arte y, por que no, "coolness". Aunque ambos eventos sean la misma colección de freaks idealistas, aunque en diferentes áreas de la "industria del entretenimiento", hay un pequeño detalle que los separa: el profesionalismo.

Los puedo escuchar desde aquí. Seguro ya empezaron los gimoteos y justificaciones, pero esa es la verdad. Innegable. Las convenciones de cómics en México rara vez se han manejado como las oportunidades que realmente representan para hacer crecer el medio haciéndolo llegar a un público masivo. Al contrario, se organizan para atraer a las mismas personas que van a las tiendas de cómics, van a los otros eventos que se organizan durante el año y que, por lo general, se conocen todas entre sí. Son como un gigantesco "club de toby"-- bueno, ni tan gigantesco, y cada vez menos exclusivo de "tobys" (que no se diga que las mujeres no tienen también muchas freaks entre sus filas).

Claro que es malo generalizar, y tiene que hacerse una excepción con varios eventos que se han organizado a través de los años (me vienen a la mente al menos tres eventos que recuerdo con cariño por arriesgarse y querer llegar "más allá"), pero la verdad es esa y, hoy en día más triste que nunca. Y lo peor es que esa mala imagen de las convenciones y eventos es un reflejo de lo que pasa también con los creadores y editores independientes y otros aspectos del medio.

Para que el "mundo exterior" (nótese la elección de palabras) tome en serio al comic como una forma de entretenimiento válida (y no sólo para niños), los propios creadores, lectores y trabajadores del medio (ya sean organizadores de evento, dueños de tiendas, periodistas, etc.) tienen que tomarse en serio a sí mismos. No basta con hacer las cosas para divertirse o para llenar las necesidades de "los mismos de siempre". Hay que hacer las cosas como profesionales, pensando en un público más general y, sobre todo, pensando en el bien de un arte (leyeron bien) que tiene un gran potencial para convertirse también en un gran negocio. Tenemos que pensar en el futuro, amigos, porque como están las cosas esto no puede durar mucho más; es como un caballo desbocado (y famélico, quizá ya delirante) que corre directo al precipicio.